las taradas

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    Vista de las obras que forman parte de la serie Yo soy...ésa.

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    Vista de las obras que forman parte de la serie Yo soy...ésa.

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    Detalle de uno de los dibujos.

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    Dos de las litografías que forman parte de la serie Las chicas mean colonia.

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    Detalle de las litografías.

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    Detalle de las litografías.

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    Patrón para el papel de pared que forma parte de la instalación ¡Ocupado!

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    Detalle del espacio destinado a la acción. Los asistentes pueden maquillarse o desmaquillarse y dejar las toallitas húmedas en un cubo. Con las toallitas resultantes se confecciona un vestido.

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    Asistentes durante la acción.

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    Asistentes durante la acción.

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    Vestido de la serie Súper-puestas (III) confeccionado a partir de 75 toallitas desmaquillantes usadas.

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    Detaslle del vestido.

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    Detalle del vestido.

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El proyecto “Las chicas mean colonia” nos sitúa en el espacio del baño. Nos encierra con el pestillo echado dentro de un reducto donde encontrarnos con nuestra propia corporeidad.

Una compilación de restos orgánicos dibujados al detalle, con sumo cuidado, se entremezclan con manchas de cosméticos en toallitas desmaquillantes y algodones. Rastros todos ellos, naturales y artifi- ciales, que han dejado dos cuerpos de mujer en su aseo diario. Entre bragas sucias, pañuelos usados, tampones y compresas se descubre un cuerpo femenino desmitificado, natural; Una imagen de la feminidad despojada de los corsés sociales que la aprisionan y asfixian.

Son un cúmulo de piezas que dan forma a una instalación delicada pero contundente, que cuestiona la imagen femenina aprehendida que venimos arrastrando desde hace ya demasiado tiempo, una construcción social que cada día potencia más el artificio y el exceso.

Hoy los tratamientos de belleza son muchos y de lo más variados. El listado de métodos para la transformación y el engaño es ya demasiado extenso. Existen desde cosméticos de uso diario que nos permiten retoques superficiales, como el maquillaje, las cremas antiedad, las planchas del pelo, los tintes, las prendas de vestir que modelan nuestro cuerpo (como sujetadores, fajas, medias reductoras...), los dichosos zapatos de tacón, las mascarillas, las cremas decolorantes, los diversos sistemas de depilación... Y otros más agresivos que permiten entre otras alteraciones: la reducción de grasa, las operaciones de pecho, de cintura, de labios, pómulos, mentón... Unos avances en cirugía que pueden conseguir ya lo inimaginable.

Y todo ello en pro de un icono común y generalizado de las sociedades occidentales, como si no hubiera lugar para la belleza fuera de estos tratamientos.

El aseo de casa es pequeño e íntimo, el espacio más íntimo donde resguardarse. En él estamos aislados, podemos encerrarnos para que nadie nos moleste ni nos descubra. Cuando lo ocupamos se transforma en un lugar propio, privado e inaccesible para los demás.

¡¡OCUPADOOOO!!- Gritamos cuando alguien osa traspasar la barrera.
La palabra ocupado responde a un tabú.

No hay testigos de nuestros encuentros con el espejo. Nos enfrentamos a nuestro reflejo con legañas en los ojos, el pelo alborotado y las marcas de la almohada en las mejillas, con todas nuestras imperfecciones al descubierto. Sin sujetadores que sostengan nuestro pecho ni fajas que encierren nuestras barrigas y glúteos. Delante del espejo de casa nos vemos.

Nos vemos justo antes de que la máscara haya sido construida para el espacio público. Despreocupadas de los gestos, de la ropa, del maquillaje y del peinado. Auténticas y únicas. No tenemos que aparentar ni representar nada.

Disfrutamos de nuestro cuerpo como humanos que somos. De la calidez de nuestra piel, de nuestras sensaciones. Limpias o sucias, guapas o feas.
Ahí podemos mimarnos, acariciarnos, limpiarnos, explorarnos, ... relacionarnos con nosotras sin pretensiones.

En este espacio disponemos de un espejo, un neceser con cosméticos, agua, una bañera, un váter y una papelera donde depositar todos los despojos que generamos como cuerpo vivo que somos. Esa papelera que recoge y aísla fragmentos de nosotras mismas, restos de vivir.
Y es ahí, dentro de la basura del baño, donde el proyecto “Las chicas meamos colonia” nos sitúa. Rebuscando entre los vestigios del cuerpo mediante la instalación. Recordándonos que el cuerpo es materia viva, una masa orgánica en transformación constante que muta y se desarrolla, se desgasta y se agota.

Día a día recordamos y olvidamos quién somos y cómo en este mismo lugar para reconstruir nuestra identidad a partir del cuerpo. Manipularlo con mil argucias y herramientas y finalmente dar forma a una imagen común aprehendida que copiamos y repetimos de los modelos que se representan constantemente, por todas partes.

Nuestro representante, nuestro avatar, es el encargado de salir a la calle para socializarse, una construcción excesiva y falsa de nosotras mismas que funciona como proyección de nuestros deseos y necesidades sociales.